Manuscritos de una Botella

Pum ta' Pu Pum Pum ta'

Astilla

Los bajos del parlante confunden a mi corazón,

que no sabe a quién seguir, no importa, 

así son las astillas, un dolor, una distancia ajena.

No hay peor dolor que una despedida, 

como la salida corta, casi atemporal de la astilla,

con los dedos juntos, sudorosos, y la desesperación;

porque no sale, porque no se va, porque cuesta.

Yo la dejaría ahí, a la deriva, 

vomitando mareada en el mar de mis huellas.

Pero tengo una responsabilidad conmigo mismo,

inculcada por un dios que cuando me acordé de él,

se escabulló entre hojas y hojas de libros favoritos.

Entonces, ¿qué hacer?.

Es tan corta la  vida de una astilla enterrada,

que nadie entiende ambos sufrimientos; quien se entierra

y quien es enterrado. La astilla no sabe de uno,

no conoce de gustos, de sabores.

Sólo sabe que tu piel, tu superficie, es dura, o blanda

o lo que sea.

Y se ensarta, y prueba tu interior por unos segundos.

¡Qué segundos!. Un latido, un beat, un pum pum del parlante.

Y quiere irse, a otro lugar, con una patudez 

que tienen esos que no conocen la palabra “permiso”.

A enterrarse por ahí; que mal tener complejo de espina

siendo astilla. Ocultar lo que de verdad quiere hacer.

Pero, ¿de verdad quiere enterrarse tanto?.

Quizás es lo único que sabe hacer.

Bueno, cuento corto.

Al final hay que suspirar -AAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH-.

Salió.

Soplar un poco, como si la sangre fuese a fluir desesperada

hacia el espacio. Y quedar vomitando, a la deriva, al piso.

A piso.

Reventando en el piso, manchando como solo una gota de sangre

que no sale puede manchar.

Dejando todo rojo.

En el piso.

Así fue como me enterré una astilla, y la verdad,

quiso salir, pero no salió. Se enterró más adentro,

y está negrita allí. Saludando a la gente de un apretón de manos.